Lun. May 20th, 2024

Hay partes que son de terror canónico: “Y cuando la enfermera entró para hacerme la cura del ojo herido, Eliza y los demás vieron lo que parecía un efecto especial de película de ciencia ficción, el ojo muy distendido, saliéndose de la cuenca y colgando sobre el pómulo como un huevo pasado por agua”. Salman Rushdie yacía con un respirador, tenía heridas en el pecho, grapas metálicas en la garganta y la mejilla, le habían extirpado una sección del intestino, el cuello lucía hinchado, oscuro de sangre, y el corazón estaba “magullado”. Su pareja evitó que se mirase en el espejo durante una buena temporada.

El escritor lo recuerda como esa escena de El séptimo sello, de Ingmar Bergman, en la que el caballero juega al ajedrez con la muerte, tratando de retrasar el jaque mate final. No estaba claro que fuese a sobrevivir, pero sobrevivió. Perdió ese ojo de película de terror; pero no la vida. Rushdie recoge en su nuevo libro, Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (Random House, traducción de Luis Murillo Fort), la experiencia en primera persona de sufrir un ataque terrorista. De que te apuñalen quince veces; que parezcan infinitas.

Ocurrió en agosto de 2022, cuando el autor británico de origen indio daba una conferencia en Chautauqua, en el estado de Nueva York. Allí el agresor Hadi Matar (en el relato prefiere llamarlo solo A.) se subió al escenario y se lio a cuchilladas con el autor. Rushdie había salido a escena en un anfiteatro en el que cabían cuatro mil personas, que estaba bastante lleno, y en el que había recibido fuertes aplausos. Entonces con el rabillo del ojo derecho (“la última cosa que iba a ver ese ojo”) percibió a un hombre vestido de negro, con pasamontañas, que corría por el patio de butacas. Se quedó paralizado. Todavía le da vueltas al porqué.

34 años y medio antes, en 1989, el ayatolá Jomeini, guía de la revolución iraní y representante de Alá en la tierra, había dictado una sentencia de muerte (a través de una fetua) contra Rushdie por la publicación de Los versos satánicos, que consideraba un texto blasfemo. Pedía que los musulmanes le matasen allí donde se encontrase. Al ver al atacante, después de tanto tiempo, Rushdie pensó:

―O sea, eres tú. Aquí estás.

De alguna forma se había acostumbrado a vivir con esa amenaza y no podía creer que ahora, tantos años después, sobre aquel escenario le fuera a llegar la muerte. Lo más llamativo era que, en principio, el público también se había quedado paralizado. Muchos pensaron que se trataba de una performance (bastante macabra, por cierto) para ejemplificar el contenido de la conferencia, que era, precisamente, la persecución que sufren algunos autores por ejercer su libertad de expresión.

Salman Rushdie es atendido en el suelo tras ser atacado.Foto: JOSHUA GOODMAN (AP) | Vídeo: EPV

“No vi el cuchillo, o en todo caso, no tengo ningún recuerdo de ello”, escribe Rushdie. No sabía si era largo o corto, o un cuchillo de caza o un estilete, o un cuchillo de sierra como los de cortar pan, o un vulgar cuchillo de cocina. En cualquier caso, sirvió para su cometido: rajar la carne de Rushdie, atacar sus órganos vitales, poner en peligro su vida. “¿Por qué no luché? ¿Por qué no hui? Me quedé quieto como una piñata y dejé que él me destrozara”, cuenta en el libro. Primero un golpe en la mandíbula, luego heridas en las manos, cuchilladas al cuello, ataques al pecho, en la comisura izquierda de la boca, hasta en el muslo derecho. La cuchillada en el ojo derecho llegó hasta el nervio óptico. “Ese ojo no volvería a ver”.

El ataque, que duró casi medio minuto (el tiempo que tarda en recitarse un padrenuestro o un soneto de Shakespeare, observa el autor), terminó cuando el moderador Henry Reese, un hombre de más de setenta años acudió heroicamente a reducir al agresor (que tenía 24), una acción a la que se unieron otras personas del público a las que Rushdie ni siquiera puede poner nombre. El atacante no conocía demasiado de Los versos satánicos, había declarado que solo había leído un par de páginas. Rushdie describe en el texto la religión como una “forma medieval de sinrazón”, que, combinada con el armamento contemporáneo, supone “una amenaza real para nuestras libertades”.

El amor vence al odio

En Cuchillo Rushdie parte de ese momento crítico, cuando miró a la muerte cara a cara, y siempre acaba por regresar a ese instante, pero entre medias abre el círculo y va llegando a otros asuntos, donde se mezclan los detalles autobiográficos (por ejemplo, el modo en el que conoció a su pareja, la poeta Rachel Eliza Griffiths, y su relación con ella) y otras disquisiciones en torno a la vida, la muerte, la violencia o la literatura. En definitiva: sobre cómo el amor vence al odio.

Salman Rushdie en Londres en julio de 2023.Jordan Pettitt (PA / Cordon Press)

Se recrean cuatro entrevistas imaginarias entre Rushdie y su agresor, que no ha mostrado ningún remordimiento, en las que el escritor trata de comprender (y convencer) al atacante, que en la conversación se muestra cerril y esquivo, obsesionado con la religión, Netflix y los videojuegos. El escritor le habla, muy profesoralmente, de Bertrand Russell, de Ovidio, de Sócrates, de Franz Fanon; el otro le responde invariablemente con el imán Yutubi.

En otro lugar, Rushdie relata algunos detalles curiosos, de carácter metafísico, como, por ejemplo, que un par de noches antes del ataque soñó con un gladiador romano que le atacaba con una lanza. Que alguien se levantaba del público y se abalanzaba sobre él había sido un sueño recurrente, desde la condena de Jomeini, y este sueño se acabó por cumplir. Cuando se despertó de la cirugía, que duró ocho horas, experimentó extrañas visiones arquitectónicas: “Suntuosos palacios y otros edificios majestuosos construidos a partir de letras, como si el mundo entero estuviera hecho con el alfabeto, el mismo material básico del lenguaje y la poesía”, según escribe.

El posoperatorio fue duro, con mareos, pesadillas y hasta una infección urinaria. Más tarde regresaría al lugar del crimen, donde observó el contraste de la belleza del lugar con lo horrendo de lo que allí ocurrió, para cerrar ese funesto círculo vital que, como dice, al menos le sirvió para perder peso. Salman Rushdie consiguió levantar el ánimo revisando las galeradas de la que fue su siguiente novela, Ciudad Victoria. Sobre todo con su última frase: “Las palabras son los únicos vencedores”.

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