Mar. Abr 23rd, 2024

El aegentino Luis Benveniste, director global de Educación del Banco Mundial, este año en la sede en Washington de la entidad.Banco Mundial

Este martes se conocerán los resultados de las pruebas de calidad educativa PISA, que condicionan las políticas de los 81 países y territorios examinados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y previsiblemente serán negativos tras el desigual cierre de las escuelas por la pandemia (en algunos países, hasta dos años). Sin embargo, el argentino Luis Benveniste (Buenos Aires, 1966), director global para la Educación del Banco Mundial, sostiene que los resultados no deben afrontarse con temor, sino como una instantánea necesaria para tomar decisiones que palíen las carencias formativas de esta nueva generación. El exdirector regional de Desarrollo Humano para América Latina del banco, que es un experto en prácticas de evaluación de los alumnos y financiación educativa tras formarse en las universidades de Harvard y Stanford, concedió una entrevista a este diario el pasado miércoles en el marco de WISE 2023, un encuentro educativo de la Qatar Foundation y al que EL PAÍS acudió invitado.

Pregunta. ¿Qué tenemos que esperar del informe PISA tras la pandemia?

Respuesta. No he visto los resultados. La gran pregunta es cuál ha sido el impacto en las escuelas. Esta generación ha perdido tantos días de clase que hay que ver cómo habilitar la tarea educativa para verdaderamente dar la oportunidad a estos chicos y chicas de poder sacar todo el provecho posible a su experiencia escolar.

P. La inversión en educación resulta fundamental para mejorar el sistema, pero ¿es más importante formar muy bien a los profesores o que haya un ratio menor de niños en clase?

R. Es importante resaltar que los países más pobres gastan por alumno entre 30 y 50 dólares, más o menos [al año]. Y en un país de economía mediana es de 8.000 dólares. La diferencia es espeluznante. Allí es necesaria una mayor inversión, pero también el gasto podría ser más eficiente. Hay que saber dónde invertir para lograr resultados más fuertes, más claros. En muchos países del África subsahariana, por ejemplo, un aula puede llegar a tener 70, más de 100 niños… Es muy difícil para un maestro enseñar a leer a una clase tan diversa. Claramente, una reducción del tamaño es fundamental; pero, luego también lo es poder invertir en libros de texto, capacidad docente… son insumos fundamentales para lograr el aprendizaje.

PISA es una foto de una generación de alumnos en un momento

P. En 2014, en una controvertida carta, 83 expertos alertaron a la OCDE de que los gobiernos hacían reformas educativas sin gran calado solo para salir mejor en la foto de PISA. ¿Está de acuerdo?

R. El informe PISA es una foto de una generación de alumnos en un momento. Y eso nos puede dar mucha información con datos sobre las condiciones de la escuela, de los docentes, del contexto de los alumnos en sus hogares… Una pintura mucho más detallada permite identificar dónde hay problemas, dónde aprieta el zapato, para poder tomar acciones. Ahora, la meta no es mejorar los resultados en la prueba, sino cómo asegurarnos de que los estudiantes puedan adquirir esas competencias fundamentales para poder realizarse, contribuir al crecimiento del país y abrir oportunidades laborales que les satisfagan y que contribuyan a la productividad de la economía.

P. ¿Pero se toman realmente decisiones un poco cosméticas?

R. No se puede generalizar. Si pensamos que la prueba PISA refleja algo valioso, tiene cierto valor mejorar los resultados. Ahora, el valor de la prueba no es esta en sí, sino lo que representa.

P. Asia no para de despuntar mientras ha bajado Finlandia, que siempre ha sido la referencia. ¿Hay que ir hacia más deberes y clases particulares?

R. Asia verdaderamente ha tenido una performance excelente. Corea del Sur, Singapur, China, Vietnam… ―un país con recursos mucho menores que muchos países de Europa― tienen una capacidad para apoyar el aprendizaje de los conocimientos básicos y fundamentales que es impresionante. Hay muchos estudios enfocados en entender cuáles son los ingredientes de Asia. El mundo ha aprendido mucho sobre cómo enseñan las matemáticas, sobre su currículum escalonado ―para ir construyendo conocimientos más complejos a lo largo de un año escolar―, o del rol y la capacitación del docente. Por ejemplo, Corea puso mucho énfasis en la pedagogía y el manejo del aula, y eso ha impactado en el aprendizaje.

P. ¿Qué tendría que hacer en España para mejorar en PISA?

R. Mirá, no podría opinar porque tendría que aprender más sobre cuáles son los problemas que afronta España. No puedo dar una respuesta, porque honestamente no sé. Pero creo que la prueba PISA sí ofrece una oportunidad para indagar, para entender cuáles son las variables, los factores que influyen con mayor fuerza en el aprendizaje de los chicos y chicas y, a partir de ahí, reflexionar sobre cómo se responde a esta situación. Esa es la oportunidad que PISA presenta. Si nos quedamos en que el promedio es 520 [puntos], no aprendimos nada. 520, 540, eso no dice nada. Pero PISA abre la puerta a conocer los factores que llevan a esos resultados. Los promedios, además, esconden muchas cosas y hay que ver detrás, ver a quienes va mejor, a quienes peor, en que circunstancias, en qué tipo de clases, con qué tipo de maestros, en qué regiones… Hay montones de factores que explican ese resultado promedio.

Tenemos una obligación con la próxima generación de darles todas las herramientas necesarias para que consigan el éxito en un contexto sociopolítico complejo

P. ¿Y se atreve a hacer un diagnóstico de América Latina y el Caribe, que conoce bien? ¿La situación es tan dramática?

R. Sí, es dramática. Y también recordemos que América Latina fue una de las regiones más impactadas por la covid y los cierres de escuela han sido de los más largos del mundo [225 días de media]. Por lo tanto, la pérdida del aprendizaje ha sido notable. Es importante ver los resultados de las pruebas PISA para empezar a entender cuáles son las secuelas que ha dejado el covid y qué hacer. Porque tenemos una obligación con la próxima generación: darles todas las herramientas necesarias para que consigan el éxito en un contexto sociopolítico complejo, en el que el mundo del trabajo está cambiando muy rápidamente y en el que las nuevas tecnologías están haciendo una disrupción importante de todos los ámbitos en los que los jóvenes interactúan. La educación es una herramienta básica, necesaria para poder navegar de la mejor forma en la vida y para poder potencializar todo con lo que uno nace.

P. ¿El Banco Mundial está trabajando para frenar el retroceso de los escolares tras la pandemia?

R. Por supuesto. Hoy en día estamos centrados en la crisis educativa y en el hecho de que aproximadamente dos tercios de los niños en países en vías de desarrollo no adquieren las competencias más fundamentales; que nosotros referimos como la capacidad de leer un texto y comprenderlo a los 10 años. Hay que asegurarse de que la experiencia educativa aporte las capacidades fundamentales: poder leer, hacer matemáticas básicas, adquirir las capacidades socioemocionales fundamentales ―como la resolución de problemas de comunicación―… Toda la evidencia apunta a que estos son los cimientos básicos para luego poder construir otros conocimientos más profundos, más técnicos. Sin eso, verdaderamente se hace muy difícil potenciar toda la capacidad de una persona.

Puedes seguir EL PAÍS Educación en Facebook y X, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

_