Jue. Abr 25th, 2024

Los Mossos d’Esquadra han abierto una investigación para esclarecer las causas de la muerte de un científico que estudiaba la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob en el laboratorio 4141 de la Universidad de Barcelona. El bioquímico falleció en 2022, a los 45 años, tras manifestar síntomas compatibles con la dolencia que investigaba, transmisible y letal. Los Mossos indagan las causas de la muerte después de que EL PAÍS revelase que en su laboratorio se han hallado miles de muestras no autorizadas, algunas de ellas potencialmente infectivas. El científico, adscrito al Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL), tenía un contrato con el consorcio público CIBER, dependiente del Ministerio de Ciencia.

Fuentes policiales explican que la investigación se encuentra en una fase muy inicial. El primer paso es constatar la causa oficial de la muerte del hombre, que fue ingresado en el Hospital Clínic de Barcelona y decidió mantener en secreto su diagnóstico. A manos de la unidad central de consumo, que se encarga de posibles delitos contra la salud pública, la intención de la policía catalana es solicitar también toda la información que posee el IDIBELL, que a su vez ha abierto una investigación interna junto a las otras dos instituciones implicadas.

El bioquímico comenzó a encontrarse mal en noviembre de 2020 y pidió la baja. El responsable del laboratorio 4141, el catedrático Isidre Ferrer, se encontró entonces con miles de muestras no autorizadas en un congelador y lo comunicó inmediatamente a sus superiores. Las tres instituciones, sin embargo, tardaron dos años en enviar las muestras sospechosas a analizar a un centro especializado, el CIC bioGUNE, en la localidad vasca de Derio.

Los resultados de esos análisis, a los que ha tenido acceso EL PAÍS, muestran que en el congelador había tejido de cerebro y de cerebelo de personas fallecidas con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. El científico y su pareja investigaban la presencia de sustancias características en el líquido cefalorraquídeo humano, útiles para el diagnóstico de demencias rápidas. No tenían autorización para trabajar allí con estas muestras líquidas, pero mucho menos con las sólidas de tejido cerebral, que son más infectivas. De las 84 muestras que se enviaron a analizar, 11 de líquido cefalorraquídeo y otra decena de tejido cerebral o cerebeloso eran potencialmente infectivas. Muchas de ellas estaban etiquetadas con una pegatina con las letras CJD, siglas en inglés de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.

Esta patología, conocida por su equivalente animal de las vacas locas, es provocada por unas proteínas anómalas denominadas priones y tiene un periodo de incubación que puede durar varios años. La científica francesa Émilie Jaumain, de 33 años, murió en junio de 2019 tras pincharse accidentalmente en el dedo una década antes, en un experimento con ratones infectados en su laboratorio del Instituto Nacional para la Investigación de la Agricultura, la Alimentación y el Medio Ambiente, en las afueras de París.

El bioquímico español ahora fallecido se incorporó en enero de 2018 al laboratorio 4141, como investigador principal con un grupo propio, al que meses después se sumó su pareja. El científico estuvo previamente, entre 2013 y 2017, en Alemania, adscrito a dos instituciones: el Centro Médico Universitario de Gotinga y el Centro Alemán de Enfermedades Neurodegenerativas. Con esas dos afiliaciones firmó multitud de estudios sobre la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, pero el director científico de la segunda institución, Pierluigi Nicotera, afirma que en sus laboratorios no se trabaja con priones humanos. “Podemos excluir, razonablemente, que se produjese una infección por priones humanos en el pasado dentro de los laboratorios del Centro Alemán de Enfermedades Neurodegenerativas en Gotinga”, sostiene el directivo. La responsable de la otra institución alemana, Inga Zerr, no responde a los repetidos mensajes de este periódico. Zerr es una investigadora de referencia en el estudio de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.

Antes de su paso por Alemania, el científico ahora fallecido también trabajó con priones hace una década en un laboratorio de alta seguridad del Hospital Universitario de Bellvitge —uno de los patrones del IDIBELL—, desmantelado en 2017. Estaba a 200 metros del laboratorio 4141, ubicado en la Facultad de Medicina, en L’Hospitalet de Llobregat. Las muestras de tejido cerebral de pacientes con Creutzfeldt-Jakob de Bellvitge se trasladaron entonces al Hospital Clínic y al Centro de Investigación en Sanidad Animal (CReSA), en la localidad barcelonesa de Bellaterra. Sin embargo, un puñado de ellas aparecieron en el congelador del laboratorio 4141, sin registro de entrada. Son muestras que se podrían haber empleado como referencia en análisis de otros materiales biológicos con enfermedades priónicas.

Las tres instituciones investigan ahora si esas muestras se llegaron a manejar en el laboratorio 4141, que carecía de medidas de bioseguridad. El consorcio público CIBER firmó un acuerdo en 2018 para que el grupo pudiese trabajar con estas muestras de alto riesgo en el laboratorio de alta seguridad del CReSA. No había ningún motivo para tener material peligroso en el laboratorio 4141, salvo un supuesto ahorro de tiempo en los experimentos, ya que el búnker del CReSA está a 30 kilómetros y era necesario pedir turno para utilizarlo, según fuentes de las instituciones implicadas.

El médico Gabriel Capellá, director del IDIBELL, ha explicado a este diario que “un máximo de ocho personas” trabajaron en el laboratorio 4141 en el periodo en el que había muestras peligrosas no autorizadas, además del fallecido e Isidre Ferrer. La oficina de seguridad de la Universidad de Barcelona y el servicio de prevención del IDIBELL juzgaron que existió “un riesgo intolerable” para los compañeros de laboratorio, aunque no consta que ocurriese ningún accidente laboral. Sara González, vicepresidenta de la Fundación Española de Enfermedades Priónicas, subraya que el mal de Creutzfeldt-Jakob no es contagioso en el sentido habitual de la palabra, pero sí se puede transmitir en circunstancias muy concretas, como un pinchazo en un laboratorio o la ingestión de tejido contaminado por priones. Los otros trabajadores del laboratorio 4141 han declarado que desconocían la existencia de las muestras infectivas y han denunciado “un estado de angustia permanente”, ante “la duda de si pueden sufrir el mismo proceso dentro de algunos años a partir de la contaminación no controlada”, según el acta de una reunión con el director del departamento de Patología de la Universidad de Barcelona, Carles Solsona, el 22 de diciembre de 2020.

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