Jue. Abr 25th, 2024

Los delfines son de los pocos mamíferos que tienen seis sentidos: al gusto, el olfato, el oído, la vista y el tacto de otras especies, añaden la ecolocalización. Gracias al rebote de sus vocalizaciones, son capaces de detectar a un pez pequeño a casi 100 metros de distancia. Ahora, una serie de experimentos han confirmado que el delfín mular (Tursiops truncatus), el más habitual de los acuarios, tiene un séptimo sentido: son capaces de detectar campos eléctricos. Esta habilidad les serviría para cazar a los peces que se esconden en el fondo del mar. Los descubridores creen también que esta electrorrecepción les sirve para orientarse siguiendo el campo magnético de la Tierra.

Aunque hay muchos peces, en especial los elasmobranquios (rayas y tiburones), y algunos anfibios que detectan los campos eléctricos de baja intensidad, entre los mamíferos es extremadamente raro. Tan raro que solo dos de los animales más raros del planeta cuentan con esta habilidad: los ornitorrincos y el equidna australiano, ambos monotremas que ponen huevos y tienen un único orificio, la cloaca, donde confluyen el trato digestivo, el urinario y el reproductor. En 2011, un grupo de científicos alemanes descubrió que una especie de cetáceo odontoceto, el delfín costero, percibía señales eléctricas. Este delfínido, propio del Atlántico sur americano, desde el Caribe hasta las costas de Brasil, caza los peces que se esconden sobre o bajo la arena del fondo del mar. Ahora, parte del equipo que hizo aquel hallazgo, ha comprobado que los delfines mulares también cuentan con esta capacidad.

La electrorrecepción en el delfín costero llevó al director del Centro de Ciencias Marinas de la Universidad de Rostock (Alemania), Guido Dehnhardt, a pensar que no sería el único delfínido con este séptimo sentido. Dehnhardt, uno de los autores del descubrimiento de 2011, estaba convencido de que los delfines mulares también debían contar con esta habilidad. “Ambas especies siguen una estrategia de alimentación bentónica”, dice en un correo. Se refiere a que las dos especies comen peces que viven en el fondo y, si el delfín costero es capaz de detectar la electricidad generada por los peces, ¿por qué no lo iba a hacer el mular?

En la imagen, Dolly, una de las protagonistas del experimento. En el centro de la imagen se pueden apreciar, sobre el hocico, las cavidades pilosas que le permiten percibir los campos eléctricos.Tim Hüttner

Todos los organismos vivos generan campos eléctricos alrededor de su cuerpo cuando están en el agua y esa es la señal que detectarían los delfines. Lo explica Tim Hüttners, pupilo de Dehnhardt en la universidad germana: “Estos campos eléctricos se generan debido a la actividad neuronal o al movimiento muscular”. Los peces también generan un campo en torno a ellos cuando las membranas mucosas de la boca y las branquias “entran en contacto directo con el océano y liberan iones en el agua circundante”, detalla. El agua, gracias a la sal que contiene, ayuda a propagar estos campos que pueden ser detectados por los animales que hayan desarrollado sistemas para percibirlos. A esto deben su éxito los tiburones en las distancias cortas (el olfato lo hace a grandes distancias).

Para comprobar la existencia de este sentido en los delfines mulares, Hüttners y Dehnhardt reclutaron a Donna y Dolly, dos hembras de esta especie que viven en el acuario de Nüremberg (Alemania). Les crearon un sistema en el que tenían que tocar una bola cuando detectaban un campo eléctrico y si acertaban, recibían un arenque de premio. Los experimentos, realizados en los últimos tres años y cuyos resultados acaban de ser publicados en la revista científica Journal of Experimental Biology, demostraron que ambos animales tenían una gran sensibilidad a los campos eléctricos. Aunque con algunas diferencias entre ambas, sintieron campos generados tanto con corriente alterna como continua. Para medir hasta cuando, empezaron con un campo con un potencial eléctrico de 500 microvoltios por centímetro (μV/cm) y fueron bajando.

Donna y Dolly fueron igual de sensibles a los campos más fuertes. Con los intermedios, el porcentaje de aciertos siempre estuvo por encima del 80%. Solo con los campos eléctricos más débiles, la primera demostró ser ligeramente más sensible, detectando campos de 2,4 μV/cm, mientras que Dolly percibía campos de 5,5 μV/cm. Un microvoltio equivale a la millonésima parte de un voltio. Por comparar, los ornitorrincos, que también se alimentan de animales escondidos en el fondo, en su caso de los ríos, capturan cangrejos, camarones o insectos que se delatan con campos eléctricos de entre 25 y 50 microvoltios.

“Al nacer, los delfines aún tienen folículos pilosos [vibrisas como las de la nariz humana] con un pelo que funcionan como mecanorreceptores, pero pierden el cabello poco después de nacer”

El séptimo sentido de estos delfines parece encontrarse en unos sensores que recuerdan a los bigotes de los gatos o las focas. “Al nacer, aún tienen folículos pilosos [vibrisas como las de la nariz humana] con un pelo que funcionan como mecanorreceptores (información táctil), pero pierden el cabello poco después de nacer y solo quedan las celdas vacías”, explica Hüttners. Durante mucho tiempo se pensó que estos huecos de encima del hocico eran reminiscencias del pasado que habían perdido su función. Pero nada más lejos de la realidad: “Según nuestras pruebas y un estudio anterior con un delfín de Guayana (el delfín pescador, Sotalia guianensis) las celdas vibrisales se transforman de un mecanorreceptor a un electrorreceptor”, completa.

Solo con la contracción de sus músculos o el intercambio de iones con el agua, los animales acuáticos generan campos de entre 50 y 500 μV/cm. Aunque los autores de los experimentos no usaron peces vivos para realizarlos, creen que la electrorrecepción es clave para que los delfines se puedan alimentar. Estos animales cuentan ya con la ecolocalización. Pero cuando están a centímetros de una presa oculta en el fondo, la arena interfiere en la señal del eco, devolviendo ubicaciones erróneas. Aunque el campo eléctrico se atenúa con la distancia, en la cercanía, delata la presencia del botín.

Los biólogos alemanes apuntan una segunda función de este séptimo sentido. Las terminaciones nerviosas de esos huecos sobre el hocico se habrían convertido en una especie de magnetómetro. “Los campos eléctricos y los magnéticos siempre están conectados”, recuerda Hüttners. Cuando un cuerpo conductor se mueve a través de un campo magnético, genera un campo eléctrico. “Eso se llama inducción electromagnética y ocurre en los tiburones y posiblemente en los delfines”, detalla el investigador. Mientras nadan a través del campo magnético terrestre, generan un campo eléctrico alrededor de su cuerpo. “Este campo eléctrico podría ser lo suficientemente fuerte como para ser detectado por el propio animal, proporcionando información similar a un mapa que puede utilizar para orientarse en el océano”, termina Hüttners. Esto ayudaría a explicar la conexión entre muchos de los varamientos de cetáceos en las playas tras una tormenta solar o anomalía magnética.

El objetivo principal de estos experimentos con los delfines mulares era demostrar que “la electrorrecepción no solo ocurre en una especie, sino que probablemente sea una habilidad de quizá la mayoría de las ballenas dentadas”, dice Dehnhardt, autor senior de esta investigación. El problema va a ser comprobarlo, aunque hay pistas de que es así. Es el caso de los cachalotes. Son también cetáceos odontocetos, además del animal más pesado del planeta. Dehnhardt recuerda cómo estos gigantes marinos morían por decenas enganchados en los cables submarinos. Como los delfines, también se alimentan con peces bentónicos y, en su búsqueda, se encontraban con los cables, rompiendo más de uno. Pero en las décadas más recientes ha dejado de reportarse la muerte de estas ballenas por culpa del tendido. La explicación podría ser, dice el científico alemán, “un primer indicio de la capacidad de estos odontocetos para percibir campos eléctricos”. Los primeros sistemas de telégrafo y más tarde los telefónicos utilizaban cables con núcleo metálico que generaban potentes campos electromagnéticos que podrían haber atraído a las ballenas electrorreceptivas. Ni los cables coaxiales ni la fibra óptica generan esos campos en su entorno. Por eso los cachalotes ya no se enredan con ellos.

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