Jue. Abr 25th, 2024

A los animales de la sabana africana les aterra más oír a humanos charlando que los gruñidos de los leones. Un grupo de investigadores acaba de demostrar que la práctica totalidad de las especies, desde elefantes hasta jabalíes verrugosos, echan a más a correr y más rápido cuando oyen voces que cuando escuchan al gran depredador de la selva. El trabajo, centrado en la llamada ecología del miedo y sus consecuencias en la conducta animal, agrega otro impacto de la mera presencia de las personas en el entorno natural.

El león es el mayor depredador de África. Su sola presencia modula el comportamiento del resto de animales. Pero por encima de él, están los humanos que durante milenios han cazado al resto de seres vivos en una escala que los convierte en los superdepredadores. Un trabajo publicado hace unos años estimó que la tasa de depredación humana era 10 veces mayor que la de los grandes carnívoros. Partiendo de esta realidad, un grupo de ecólogos querían ver cómo reaccionaban los animales del Parque Nacional Gran Kruger (no relacionado con el Parque Kruger, también en Sudáfrica) al sonido de ambas amenazas. Para realizar el estudio, desplegaron varios sistemas de cámaras y altavoces cerca de charcas o pozas de agua que reproducían conversaciones humanas (nada de gritos) o gruñidos de los leones (nada de rugidos) cuando algún animal se acercaba a beber. El diseño del experimento se completó con otros momentos en los que los animales oían a perros de caza o disparos y, como medida de control, el canto de unos pájaros. Todos los sonidos los emitieron al mismo nivel, 60 decibelios.

Los resultados del trabajo, publicado en la revista científica Current Biology, son contundentes: Tras más de 15.000 vídeos, resulta que los animales muestran el doble de probabilidades de echar a correr y abandonar los pozos de agua al oír a los humanos que si lo que escuchan son leones o sonidos de caza. El patrón se reprodujo en 18 de las 19 especies que pasaron por las charcas. Jirafas, leopardos, hienas, cebras, kudúes, jabalíes, impalas… todos huyen más de una persona hablando que de leones gruñendo. Solo los licaones o perros salvajes africanos tendieron a huir más de los felinos. Pero la bióloga de la Universidad de Ontario Occidental (Canadá), Liana Y. Zanette, primera autora de la investigación, aclara la excepción: “Podría tener sentido porque los leones persiguen a los perros salvajes africanos y los buscarían activamente para matarlos. Sin embargo, no estamos seguros de la solidez de estos patrones. No fueron estadísticamente significativos porque logramos muy pocos vídeos de perros salvajes africanos”, dice. En concreto, apenas los grabaron 13 veces, frente a centenares de ocasiones a las otras especies.

Los investigadores afinaron sus observaciones y pudieron medir también lo despavoridos que huían los animales: En general, abandonaban las charcas y su preciada agua un 40% más rápido cuando oían a los humanos que cuando escuchaban a los leones. Aquí, de nuevo, el miedo a los felinos empata con el miedo a los perros o a las grabaciones de cazadores disparando. Incluso los más grandes de la sabana, los elefantes y los rinocerontes, aunque se lo tomaban con más tranquilidad, huían más rápido de las personas que de los felinos. De hecho, grabaron a más de un elefante que, al oír a un león, se iba furibundo contra el altavoz, destrozándolo. Algo que nunca hicieron al escuchar una voz humana.

Solo los licaones, perros salvajes africanos, huyen más de los leones que de los humanos. Pero la muestra, solo una decena de grabaciones, rebaja el alcance de la excepción.Daniel_Rosengren

Dos datos pueden dar contexto a la relevancia de estos resultados: este enorme parque fue uno de los primeros en prohibir la caza dentro él hace ya varias décadas (aunque sigue existiendo el problema del furtivismo). Así que el temor a los humanos cazadores debería de haber menguado. Por otro lado, el Parque Nacional Gran Kruger es uno de los que mayor concentración de leones tiene, siendo, de hecho, base para la reintroducción de este felino en otras áreas de las que se extinguió. Aunque habría que repetir el experimento en otras partes de África, estudios con voces humanas en otras latitudes ya habían demostrado que el tejón común en los bosques del Reino Unido, el venado cola blanca en Estados Unidos, o ualabíes en Australia, huyen más de los humanos que de sus depredadores naturales. “La acumulación de pruebas muestra que en todas partes la vida salvaje teme a los humanos, a todos los humanos, mucho más que cualquier otro depredador del planeta”, declara la científica canadiense.

Zanette lleva años investigando en un campo de la biología animal conocido como la ecología del miedo. Este miedo, que los humanos del pasado compartían, sigue siendo uno de los motores de la vida. Que tantos animales se alejen de la posiblemente única fuente de agua que tienen en kilómetros a la redonda en plena temporada seca de la sabana (cuando se realizaron los experimentos) supone un gran coste y muestra el poder del miedo para moldear la conducta. Los depredadores no solo limitan las poblaciones de depredados mediante la eliminación física, varios estudios han demostrado que el estrés que inducen en las presas tiene consecuencias como la reducción del éxito reproductivo. “También hemos demostrado en otros trabajos que el miedo en sí mismo puede tener efectos en cascada con repercusiones a lo largo de toda la cadena alimentaria”, cuenta Zanette.

“Hemos demostrado que el miedo en sí mismo puede tener efectos en cascada con repercusiones a lo largo de toda la cadena alimentaria”

Liana Y. Zanette, bióloga de la Universidad de Ontario Occidental, en Canadá

En las conclusiones del estudio, sus autores escriben un párrafo con profundas implicaciones: “Si la vida silvestre no diferencia entre humanos implicados en actividades benignas o letales, por ejemplo, turismo fotográfico frente a caza, entonces se puede esperar que los considerables impactos ecológicos que ahora se han demostrado que son causados por el miedo a los humanos resulten de la exposición incluso a humanos benévolos”. El también biólogo de la misma universidad canadiense, Michael Clinchy, coautor de esta investigación, recuerda en una nota: “Existe la creencia de que los animales se acostumbrarán a los humanos si no son cazados. Pero hemos demostrado que no es así”. De hecho, añade, “el miedo a los humanos está arraigado y es omnipresente, por lo que debemos empezar a reflexionar sobre esto de cara a la conservación”.

Si la mera presencia humana, más allá de sus intenciones y acciones, tiene tal impacto, podría abrirse camino la idea de prohibir y limitar al mínimo la interacción entre humanos y animales como estrategia conservacionista. Pero Zanette advierte de los peligros que una opción tan extrema podría tener: “Cuando los parques son financiados por los contribuyentes, como en Europa y América del Norte, es perfectamente posible cerrar grandes secciones, y así se hace, pero no es una opción en África, porque no tener visitantes significa que no habrá dinero y que los cazadores furtivos los invadirán, matando a todos los animales”. Así que, tras recordar lo que supondría, la científica canadiense hace una última petición: “Lo peor que le puede pasar a los parques y áreas protegidas de África es que los turistas dejen de ir, así que dígales a los lectores que sigan yendo allí y animen a más personas a ir”.

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