Lun. May 20th, 2024

Los machos de ranas europeas, para acceder a las hembras, acosan, intimidan y las fuerzan a copular. Estos esfuerzos pueden ocasionar fallos reproductivos en ambos individuos y costarle la vida a las hembras. Anteriormente se pensaba que ellas eran pasivas e incapaces de resistir la coerción masculina, pero una investigación reciente publicada en la revista científica Royal Society Open Science muestra que las hembras tienen distintas estrategias para evitar a los machos que ellas no han elegido.

Cuando los intereses o estrategias reproductivas entre machos y hembras difieren, pueden conducir a un conflicto sexual. Durante la corta temporada de reproducción, que dura dos semanas en primavera, la proporción de sexos suele estar sesgada con una gran mayoría de machos. Esto hace que se congreguen muchos individuos que pelean entre sí por una hembra. Ante este panorama, “ellas terminan perdiendo, pues muchas veces mueren ahogadas por la agrupación de hasta ocho ranas que se colocan sobre ellas”, explica Iñigo Martínez-Solano, del departamento de Biodiversidad del Museo Nacional de Ciencias Naturales. A estas acumulaciones se les conoce como bolas de apareamiento.

La científica Carolin Dittrich, del Instituto de Etología Konrad Lorenz de Viena, recolectó a 96 hembras y 48 machos de ranas comunes durante la temporada de reproducción. Colocó a un macho junto a dos hembras de diferentes tamaños en una caja con cinco centímetros de agua y les permitió moverse libremente durante una hora mientras registraba en vídeo su comportamiento. Los machos no captaron las indirectas de rechazo, pero la investigadora detectó que las hembras hacían maniobras evasivas para alejarlos.

Entre las estrategias de evitación de pareja, la más común fue la de rotación, donde la hembra intenta girar sobre su propio eje para escapar del agarre del macho. La segunda es protestar. Dittrich describe a esta acción como un gruñido “profundo y de baja frecuencia”, en lo que cree que es una imitación de las llamadas de liberación que producen los machos cuando pelean entre sí. Pueden emitir también un sonido de mayor frecuencia descrito como “chirrido”.

El comportamiento final y “más sorprendente” fue la inmovilidad tónica, lo que entendemos por hacerse el muerto. Las hembras extienden rígidamente los brazos y piernas lejos del cuerpo para aparentar su muerte durante varios minutos. En uno de los vídeos analizados, se observa a un macho arrastrar a una hembra que permanece inmóvil. Después de soltarla, la hembra mantiene la posición hasta que el macho se da la vuelta y entonces ella se aleja nadando. Se trata de un comportamiento bastante inusual.

Tradicionalmente, se asocia a la inmovilidad tónica como una estrategia para evitar la depredación, pero en un contexto de apareamiento solo se ha observado en arañas o libélulas “como defensa de último recurso”, apunta la investigadora. Las maniobras, a menudo utilizadas en combinación, funcionaron. De 54 hembras agarradas por un macho, 25 lograron quitárselos de encima y escapar. La mayor tasa de éxito fue para las hembras más pequeñas porque les es más fácil escapar de las garras del macho. Aunque este estudio se realizó en un laboratorio, Dittrich cree que las ranas hembras exhibirían un comportamiento similar en la naturaleza.

El rechazo por parte de las hembras es cuestión de preferencias. Muchas veces eligen simplemente no aparearse con el primer macho que se agarre a ellas, sino con el que tenga el canto más grave o el que tenga un mayor tamaño. Algunos, tras ser rechazados, interceptan por sorpresa a las hembras para volver a probar suerte, pero este agarre no garantiza la fecundación. Si la hembra no acepta, es cuando ponen en marcha estrategias de escape. “Hemos visto casos en los que las hembras cargan con un macho en la espalda durante días e incluso semanas, esperando a un macho más grande o el que ellas prefieran”, señala Martínez-Solano. Al contrario que las hembras, ellos no parecen ser muy selectivos. Capturan aleatoriamente y no muestran preferencias en términos de tamaño corporal de las hembras. Su comportamiento agresivo se debe a la corta temporada de reproducción.

Dittrich considera que estas estrategias no se habían detectado porque las investigaciones anteriores tendían a centrarse en el comportamiento reproductivo masculino, “pero es algo que está cambiando lentamente para incluir también la perspectiva femenina”, señala. Por su parte, Martínez destaca que investigaciones como las de Dittrich son positivas, pues aportan al entendimiento de la biología de los anfibios, de los que “hay un desconocimiento enorme”. Comprenderlos más detalladamente puede ayudar a descubrir aspectos demográficos y a aplicar medidas de conservación eficaces.

Los comportamientos detectados, subraya la investigadora, de ninguna manera amenazan la reproducción ni la supervivencia de la especie. Pero el cambio climático sí. Aunque es una especie muy extendida, las poblaciones disminuyen. Los que sobrevivirán son los que estén mejor adaptados o puedan adaptarse mejor a un entorno cambiante. Dittrich cita a su director de doctorado, Mark-Oliver Rödel: “No hay nada que las ranas no puedan hacer”.

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