Jue. Abr 25th, 2024

Cuenta el investigador de la memoria Fabricio Ballarini que quienes viven en pareja acaban utilizando el cerebro del otro para guardar parte de sus recuerdos y que cuando desaparece esa persona también lo hace parte de la otra mitad. Esta fusión parcial de las personas que conviven durante décadas, además de afectar a las memorias o las costumbres, tiene efectos en los cuerpos. Recientemente, la revista de la Asociación Estadounidense del Corazón publicaba un estudio en el que se recogían datos de más de 30.000 parejas en todo el mundo que concluía que entre el 20 y el 50% de las parejas compartían hipertensión.

En estas parejas heterosexuales, que de media tenían entre 50 y 75 años, la hipertensión afectaba tanto al hombre como a la mujer en el 37,9% de los casos en EE UU, el 47,1% en Inglaterra, el 20,8% en China y el 19,8% en India. La influencia en la salud de la esposa era mayor en los países donde la hipertensión es menos frecuente. Comparado con las mujeres casadas con hombres con una presión sanguínea saludable, las estadounidenses y las inglesas que convivían con un hipertenso tenían un 9% más de probabilidades de tener hipertensión; las indias, un 19% más; y las chinas, un 26%. Los porcentajes en cada país eran similares en el caso de los maridos.

Los autores afirman que sus resultados muestran que las intervenciones en pareja pueden ser útiles contra la hipertensión, tanto en las pruebas para detectarla como en la aplicación de los cambios de estilo de vida que ayudan a reducirla, incrementando la actividad física, reduciendo el estrés o a través de la dieta. Todos estos cambios son más difíciles de introducir y mantener si las personas que conviven no los adoptan a la vez.

La hipertensión no es la única dolencia que suelen compartir las parejas. En un trabajo realizado por las universidades de Tohoku (Japón) y Groninga (Países Bajos), en el que se emplearon datos de más 5.000 parejas japonesas y más de 28.000 neerlandesas, se vio que es frecuente que las parejas tengan una presión sanguínea similar o los mismos niveles de colesterol y también compartían enfermedades como la diabetes. En otro estudio, publicado en el BMJ, se observó que los compañeros de personas con determinadas enfermedades no contagiosas tenían un riesgo mayor de sufrirlas. Para asma, depresión y úlcera gástrica, el riesgo crecía, al menos, un 70%.

Un ‘match’ en hábitos y hasta en genética

Todo esto sucede, por un lado, porque las parejas comparten hábitos como la práctica de ejercicio o el consumo de alcohol o tabaco, y tienen un índice de masa corporal o un perímetro abdominal parecido. Pero además, las personas se suelen emparejar con personas que son similares a ellos, fundamentalmente en aspectos como el nivel educativo o económico y el entorno social, pero también desde el punto de vista genético. Un estudio publicado en PNAS en 2013 detectó que las parejas tienen una mayor similitud genética que dos personas elegidas al azar, aunque el efecto de esta concordancia solo alcanza, como mucho, un tercio de la que tienen en cuanto el nivel educativo. Aunque no se entienden bien los mecanismos que llevan a esa selección de una pareja similar, parece que la familiaridad de los que se parecen a nosotros resulta atractiva, y eso puede explicar, en parte, que cuando dos personas conviven durante mucho tiempo acaben unidas en la salud y la enfermedad.

Con el tiempo, a la sincronización física se une el acompasamiento psicológico que refuerza la influencia en la salud del compañero. Un estudio liderado por Shannon Mejía, una especialista en salud de pareja de la Universidad de Illinois (EE UU), concluyó que las creencias sobre el envejecimiento se contagian y tienen efectos sobre la salud del conviviente. La percepción negativa sobre la posibilidad de mantener una vida activa se puede convertir en una profecía autocumplida si se deja de hacer deporte porque se cree que es demasiado mayor, y lo mismo sucede con la creencia en que el envejecimiento es algo inevitable sobre lo que no se puede actuar. Para Mejía, “el conocimiento de las parejas, incluidas sus normas, rituales y creencias [construidas a lo largo de décadas de convivencia] pueden ayudar a los gerontólogos en su apoyo a un envejecimiento conjunto exitoso de las parejas”.

Citas médicas en pareja

Gonzalo Grandes, jefe de la Unidad de Investigación de Atención Primaria de Bizkaia, explica que “el concepto de medicina familiar surge de la constatación de que las parejas y sus hijos tienen similitudes. Con esa base, se debería actuar con el núcleo familiar como diana, pero en la práctica seguimos haciendo una medicina individualizada, con una historia clínica que no está conectada con la del resto de la familia, que daría mucha información para el tratamiento”. Para Grandes, esta visión familiar es útil para afrontar problemas como el de la obesidad infantil, que requiere un trabajo en la alimentación y la actividad física que depende de los padres o los abuelos que cuidan a los niños. “La idea de que tenemos que vertebrar la intervención sociosanitaria, en el nivel familiar y el de toda la comunidad, para ser eficaces en la promoción de la salud, es algo aceptado en teoría, pero que tenemos que trabajar para poner en marcha porque es muy complejo”, concluye el especialista.

Isabel Egocheaga, responsable del Área Cardiovascular de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), afirma que, aunque en la medicina hospitalaria no se suelen dar citas en pareja, en la medicina de familia sí se hace. “En las parejas más mayores sí sucede, pero no en las parejas más jóvenes”, puntualiza. “Muchas veces hacemos revisiones a la vez y hay pacientes que toman sintrom [un medicamento para prevenir los coágulos] y vienen juntos para hacerlo todo a la vez”, ejemplifica. Como los autores del artículo publicado por la Asociación Estadounidense del Corazón, Egocheaga cree que las medidas para controlar la tensión, como la reducción del consumo de sal o la práctica de ejercicio, tienen muchas más probabilidades de éxito si la pareja las realiza junta.

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