Lun. May 20th, 2024

Fritz Breithaupt (Meesburg, Alemania, 56 años) cree que contar la vida está en el centro de nuestra humanidad. Las historias nos sirven para organizar el mundo, para recordar lo que ha sucedido y compartirlo con los demás y para poder planificar mejor el futuro. Y también son herramientas que nos ponen en la piel de otros o nos sirven para meterlos a ellos en la nuestra. La sorprendente capacidad humana para cooperar se construyó a base de relatos. Breithaupt, catedrático de Estudios Germánicos y Ciencias Cognitivas de la Universidad de Indiana (EE UU), se imagina además que las narraciones ocuparon el centro de las tribus, con una categoría casi ritual, en escenarios que sirvieron para entrenar la capacidad del relato, la empatía y la organización del universo con historias.

“Estas personas, en estos lugares de reunión, se podían centrar en un individuo que intenta comunicarles algo, que ha visto un animal peligroso o comida, o que cuenta que hay algún miembro del grupo herido en algún lugar. No asumo que tuviesen lenguaje, quizá hacían una pantomima, pero eran capaces de hacer presente para el grupo algo que no estaba presente”, explica el investigador. “Una vez que has logrado ese efecto, estos pueblos empiezan a desvincularse del aquí y el ahora, pueden recordar un suceso del pasado o imaginar y planificar el futuro, y eso te abre un mundo de posibilidades”, especula. Breithaup acaba de publicar El cerebro narrativo (Sexto Piso), un profundo ensayo en el que trata de explicar por qué son tan importantes las historias.

Pregunta. En el libro habla de cómo hay quien enfrenta las narraciones al pensamiento científico, de cómo el segundo puede ser fuente de un conocimiento fiable mientras en las historias se cuelan engaños, y recuerda cómo Platón quería echar a los poetas de su república ideal porque difundían desinformación. Pero el filósofo también se dejó llevar por el atractivo de sus propias historias que no eran ciertas.

Respuesta. Nosotros vivimos nuestras narrativas y no nos damos cuenta, aunque cuando juzgamos las historias de otros podemos ser muy escépticos y decir que son simple propaganda. Nuestras narrativas somos nosotros mientras las de los otros son solo historias, palabras, engaños.

P. Habla también del valor de las historias para entrenar la empatía, para compartir vivencias y construir identidad y valores. Esto es positivo, pero también puede ser negativo, ¿no? Muchas historias que refuerzan nuestros vínculos con el grupo o los valores compartidos lo hacen enfrentándolos a los de otro grupo.

R. Sí. En principio, la empatía es maravillosa porque funciona con todo el mundo, y las narrativas también. Me puedes contar la historia de alguien que está lejos de mí, geográfica o políticamente, y aun así puedo coexperimentar su situación. Esto es lo maravilloso de las narrativas y la empatía. Nosotros desarrollamos un gran cerebro no solo para resolver problemas técnicos y tener una gran inteligencia en general, sino para tener la habilidad de coexperimentar. Muchos de los biólogos de la evolución humana coinciden en que nuestro cerebro es un cerebro para la empatía.

Pero aquí viene la trampa. Las narrativas nos empujan a empatizar con otros, pero uno de los desencadenantes de la empatía tiene que ver con tomar partido. Ves una pareja en un bar, comienzan a discutir y aunque no les conozcas, tomas partido. Pasa cuando ves un partido de fútbol, aunque no seas de ningún equipo. Tomas partido y el otro pasa a ser el enemigo, no nos gustan. Así que la empatía es genial para las experiencias individuales porque nos permite trascender nuestra experiencia, no estamos atrapados solos en nuestro cerebro. Pero cuando hay conflicto nos lleva a tomar partido y por eso la empatía es muy mala para resolver conflictos, pese a que la gente cree lo contrario. La empatía los empeora. Para resolver un conflicto hay que dar un paso atrás y dejar la empatía fuera, porque la empatía nos deja atrapados dentro de una narrativa y fuera de la otra.

Muchos de los biólogos de la evolución humana coinciden en que nuestro cerebro es un cerebro para la empatía

P. La capacidad de las narrativas para recordar el pasado y predecir el futuro ¿puede estar también detrás de muchos de nuestros problemas mentales, de la depresión que provoca quedar atrapado por tu pasado o la ansiedad de la incertidumbre ante el futuro?

R. Las narrativas son muy poderosas porque contienen la promesa de una recompensa emocional. Muchos imaginamos un final positivo, triunfo, amor, lo que sea. Para muchos esto puede ser positivo, pero hay personas que sufren ansiedad pensando en lo que puede pasar, porque tienen demasiadas versiones narrativas en su mente, o regresan siempre a una mala memoria. Esos son problemas de las narrativas que muchas veces tienen una solución narrativa. Tú puedes cambiar tu narrativa, contar tu propia historia. Es algo que hacen los terapeutas y también se hace en política. Una buena estrategia es centrar la atención en un pequeño detalle de la historia que permita mirar para otro lado, lejos de lo malo, y a partir de ahí emergen alternativas.

P. Estamos rodeados de historias, de novelas, de películas y series que nos cuentan narradores profesionales. ¿Es posible que cada vez contemos menos nuestras propias historias?

R. Veo como un gran peligro que perdamos nuestras narraciones individuales. Uno de los lugares donde se cuentan más historias es en la escuela. En las últimas décadas, ha habido mucho énfasis en adquirir habilidades como las matemáticas, pero los niños no tienen oportunidad de contar sus historias. En las escuelas hay mucha presión por el rendimiento de los niños y que un niño cuente lo que hizo el fin de semana no suena muy productivo. Pero es importante para su crecimiento.

Otro factor son las redes sociales, que tienen mucho que ver con contar historias, pero es distinto porque no las cuentas en directo. No estoy en contra de las redes sociales, pueden ser muy buenas para que las personas cuenten sus historias y conecten con gente con experiencias similares, pero el problema es el tiempo que pasamos con el teléfono, lejos del contacto en la vida real con personas reales, compartiendo experiencias. Hay algo diferente en estar en el mismo espacio y decir ¿cómo estás? ¿Qué pasó ayer? Creo que deberíamos cultivar esos espacios donde sucede esta comunicación.

Tú puedes cambiar tu narrativa, contar tu propia historia. Es algo que hacen los terapeutas y también se hace en política

P. ¿Hay algunas historias más naturales que otras, historias universales que podrían aparecer en distintos momentos en grupos humanos separados, de forma independiente?

R. No creo que haya una historia universal, aunque sabemos que, en términos de folclore, hay historias que llevan mucho tiempo con la humanidad, historias que se han contado una y otra vez en regiones distintas. Creo que no son independientes, sino que se remontan a narraciones tempranas. Esto es especulativo, pero creo que nuestros ancestros, antes de tener un lenguaje como lo entendemos ahora, hacían algunas presentaciones teatrales con mímica, con las que compartían algunas historias, de caza, de muerte… Hay una razón por la que muchas historias se parecen. Hay un núcleo original que después, con los viajes de los nómadas y sus encuentros, se difundieron. La mejor forma de crear vínculos es compartir historias, incluso entre personas que no tenían un idioma compartido. Una vez que escuchas la historia del otro grupo ya no es necesario matarse, puedes comerciar y hacer otros intercambios.

Un segundo punto es el recuento de historias. Ha habido estudiosos que planteaban que todas las historias son una, el héroe que parte hacia una aventura y regresa. Una historia básica. Nosotros quisimos ponerlo a prueba con el juego del teléfono estropeado, con decenas de miles de personas. Queríamos ver qué cambian las personas cuando escuchan una historia y tienen que volver a contarla. Nuestra idea es que al final de ese proceso tendríamos las narrativas básicas. Si hay una narración universal, todas las historias deberían ir en esa dirección. Hicimos el experimento y pienso que, en último término, no hay una historia nuclear básica. Un elemento constante es que las historias tienen que tener un final. Tienes expectativas y necesitas este punto final, que tiene mucho que ver con las emociones. Puede ser un final feliz o una historia embarazosa o una sorpresa, que también es una emoción. Y son emociones que no están al principio, necesitas un cambio, un arco en la historia que te lleve hasta ese final. Otro elemento necesario es que haya múltiples versiones, que puedan pasar otras cosas, porque si no, es aburrido.

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