Vie. Feb 23rd, 2024

La poesía de la vida se inspira en el lenguaje de la ciencia, es decir, en las matemáticas. Por dicha relación, Paul Valery (1871-1945) conjugó poesía y fórmulas geométricas. Y lo hizo llevado por la curiosidad de comprender la realidad del mundo. Admiraba a Pius Servien (1902-1959), seudónimo de Piu-Șerban Coculesco, matemático, físico y también poeta de origen rumano del que Valery destacaba su doble faceta de sabio y artista a la hora de combinar poesía con matemáticas.

Bien mirado, poesía y matemáticas no son asuntos tan diferentes; como decía el mismo Valery, no resulta incompatible el don de la geometría con el de la poesía. Es más, desde la sencillez, la misma que sostuvo Valery, se puede explicar el mundo con los números lo mismo que con la poesía. Y esto es algo que ha conseguido el profesor Alessandro Macarrone con su reciente libro titulado El infinito placer de las matemáticas, un manual publicado por Blackie Books y donde se conjuga la poesía de los números con el mundo invisible y su reflejo en la naturaleza.

Por ejemplo, cuando toca hablar de números primos, el profesor Maccarrone nos dice que son los constituyentes básicos de los números naturales, hasta aquí todo en su sitio, pero la apreciación se hace brillante cuando compara a los números primos con los electrones y con los quarks, las partículas subatómicas que constituyen la base de la materia. Pero la cosa no se queda ahí y Maccarrone sigue jugando. Con ejemplos numéricos nos recuerda que cualquier número natural puede expresarse como producto de números primos, efectuando una descomposición que es lo más parecido al ADN de cada número.

A la hora de operar con subunidades, el profesor Maccarrone vuelve a llevarnos hasta el mundo invisible donde quarks y partículas elementales van encajando unas con otras formando “el puzle de la materia”, organizándose en la región donde todo es posible. Lo que nos viene a decir Maccarrone en su trabajo es que la armonía nos resulta bella porque la asociamos con la relación entre magnitudes que expresan los fenómenos naturales. Porque en todo canon estético subyace la alucinación controlada por la ciencia matemática.

Paul Valery lo sabía, conocía el veneno del impulso poético, el aguijón que aviva el espíritu creador y que provoca “algo semejante a un cálculo” y que sumerge al poeta en un juego que guarda similitud con la resolución de un problema matemático que requiere cierto grado de abstracción. La búsqueda de la belleza a partir de ideas y configuraciones lleva al poeta a alcanzar el universo de las matemáticas y también al contrario, es decir, las fórmulas matemáticas poseen la belleza de un poema capaz de combinar la intensidad y sencillez necesarias para traspasarnos de punta a punta.

Por estas cosas, Paul Valery se puso a estudiar la relación entre poesía y matemáticas, entregando buena parte de su vida a ello, formando parte del grupo dirigido por su admirado Pius Servien, artista de vanguardia y científico que investigó cómo la estructura matemática cumplía su función de patrón estético; una actividad particular de molde artístico que servirá de base a las palabras para que se conviertan en poesía.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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