Vie. Abr 12th, 2024

El pasado viernes, desperté en Siena y, tras confirmar en el móvil que aún no había llegado el fin del mundo, encontré en un artículo de Najat El Hachmi una de esas frases que Hemingway llamaba “frases verdaderas” que, en el caso de lograrlas, podían animarnos a seguir escribiendo: “Estamos acostumbrados a que los racistas nos tengan por tontos de nacimiento, pero ahora el odio nos viene ni más ni menos que de un alto cargo de la Generalitat”. Lo escribió Najat El Hachmi después de que el Govern culpara en parte a los inmigrantes de que Cataluña fuera colista en lo que podríamos llamar “Liga europea de la comprensión lectora”

Seguí con mi viaje matutino por el móvil y busqué —una buena costumbre— el artículo semanal de Tiphaine Samoyault. Por supuesto, me sorprendió que ella, desde París y para hablar de la hospitalidad, tan urgente en nuestro tiempo, prestara atención a la Alegoría del Buen y Mal Gobierno, pintura mural del siglo XIV que estaba precisamente en Siena.

Como me encontraba a cuatro pasos del mural, me dije que no podía ponérmelo Samoyault más fácil para ir a verlo. Después de todo, más complicado lo había tenido ella cuando decidió desplazarse a la capital del Uruguay para vivir allí una experiencia como la del narrador de Montevideo (mi novela) y poder luego exponer, en la presentación del libro en París, su impresión personal del embrollo.

No tardé en plantarme ante el mural que ocupa tres paredes del Palacio Comunal, alegoría pintada en el contexto de la gran crisis política de 1338. Por sencillo que pudiera ser, impresionaba el mensaje en el que, por una parte, sin ambages, se advertía del infierno que comportaría una tiranía en Siena, y por el otro, en la pared de al lado, se exponía, a modo de gran contraste, las ventajas de tener “un Buen Gobierno y los efectos que esto produciría en la ciudad y el campo”. De hecho, lo que se explica allí es la necesidad de reanudar el arte de vivir juntos, algo que uno piensa que haríamos encantados si el Buen Gobierno, con su dinámica, nos convenciera, ya no tanto de la sabiduría de los principios que lo inspiran, sino de lo alcanzado en su gestión: los efectos concretos, visibles y tangibles en la vida de todos.

Me pareció ver que el fresco del Buen Gobierno narraba la celebración civil de una estabilidad: se veía cómodos a todos los habitantes de Siena, especialmente a quienes la estaban abandonando por un momento para admirar la abundancia de cultivos o para ir a cazar, vestidos con lujosas ropas.

Ideal armonía, pensé. Hasta que caí en la cuenta de que el mismísimo centro del artículo de Samoyault lo tenía delante mío, a solo un palmo. Allí estaba el extraño en el centro del fresco de Buen Gobierno, el mendigo casi invisible, el emigrante sentado en el umbral que separaba la ciudad del campo. Estaba fuera de lugar, incluso en la pintura.

¿Y qué podía estar haciendo el extraño en el Buen Gobierno?

Recordarnos el poder de actualización que habita un fresco de hace siete siglos y que desborda su contexto para enfilar directamente hacia nuestros días.

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