Mar. Abr 23rd, 2024

Una cosa azul pasa lentamente por detrás de Francisco García Castro, allá arriba, en la nave industrial en la que trabaja. Parece una nave espacial.

―No, es un puente grúa. Es que los compañeros están trabajando con cristales o algo así.

García Castro, de 52 años, es carpintero metálico, trabaja con aluminio, fabricando puertas, barandillas o ventanas, instalando mamparas o persianas. Habla encuadrado en una videoconferencia desde la empresa en la que se emplea, en Estepona. Cuenta que su gran afición es el arte y la cultura, como le inculcaron desde niño en su hogar de clase trabajadora. Ahora lo que le tiene enganchado es el buceo en los archivos digitalizados de la Biblioteca Nacional de España (BNE), un océano de información en el que busca piezas olvidadas y en el que ha hecho algunos hallazgos sorprendentes.

Se puso a curiosear porque disfruta mirando manuscritos antiguos, viejas caligrafías o esas revistas de principios del siglo XX con portadas coloridas y un exquisito diseño. “La maqueta, la tipografía, las ilustraciones son mucho más bonitas que las de ahora”, opina. Ahí sucedió el primer hallazgo: un artículo de Pablo Picasso, titulado El arte moderno, en un número de la revista Cartel de las artes de 1945.

“Que se pretenda clasificar mis obras en una u otra escuela me hace indignar, porque yo no soy ni impresionista ni expresionista. No quiero ser más que un artista”, escribe el genio malagueño. En plena posguerra, el texto, que había sido escrito años antes, en 1929, en el que el pintor ofrece un análisis de la creación de su época, había escapado de las garras de la censura. “Lo llevé al Museo Casa Natal de Picasso, en Málaga, y no tenían constancia de su existencia. Eso me dio una inyección de moral y me puse a buscar más”, cuenta el carpintero.

Los hallazgos de García Castro son una cura de humildad para los que escribimos en prensa: lo que se publica es flor de un día y pronto se pierde en la ventolera gélida del tiempo. Incluso si el que firma es un gigante como Pablo Ruiz Picasso. Menos mal que hay iniciativas de digitalización como la de BNE, por si alguien nos rescata alguna frase que otra en un futuro lejano.

Francisco García Castro, retratado en su domicilio, en Estepona, el 30 de noviembre de 2023.Garcia-Santos (El Pais)

La BNE lleva afanándose en la digitalización de su material desde principios de este siglo, cuando empezó a digitalizar las “joyas” de su colección, según explica Alicia Pastrana, jefa del Área de Colecciones Digitales. “Se ha prestado especial atención a colecciones como la de prensa del s. XIX, no solo para difundirla, sino también porque está impresa en papel de mala calidad, con tintas muy corrosivas, y su consulta física la deteriora mucho”, explica.

El laboratorio de digitalización de la Biblioteca puede digitalizar un millón de páginas al año, unos 2.000 ejemplares, de los 700.000 de dominio público que conserva la institución (son 33 millones en total). Pero se han dado al menos tres procesos de digitalización masiva, en el que se contrata a empresas externas para acelerar el proceso. En el actual, se digitalizarán en tres años (hasta abril de 2024) cuatro millones y medio de páginas de prensa, 3.350.044 páginas de material librario (libros, manuscritos, fotografías, grabados, mapas, etc.) y un millón de minutos de audio, todo con la financiación de los fondos europeos de recuperación. Hasta ahora llevan digitalizados 54.416 documentos.

El siguiente hallazgo de García Castro fue otro artículo, en este caso de Emilia Pardo Bazán, titulado La absolución de los poderes. “Es el primer artículo que publica después de separarse y mudarse a París”, explica el carpintero. Un texto crítico y de carácter feminista. En la Casa Museo Emilia Pardo Bazán no tenían constancia. Luego vino un poema traducido al euskera de Rafael Alberti, titulado Izukantza Europa Ziar, en un número de la revista 5, publicado en 1934 en Vitoria. La Fundación Rafael Alberti tampoco tenía constancia de la traducción. Siguieron más hallazgos relacionados con Manuel de Falla, Enrique Granados o el poeta Salvador Rueda.

“El que se me resiste es Lorca”, cuenta García Castro. Es tal la lorcamanía, está tan estudiada la obra y la biografía del poeta granadino, que prácticamente todo lo que produjo está perfectamente ubicado. “Eso sí, lo he conseguido rozar”, añade el carpintero. Se refiere a un artículo crítico con la compañía teatral La Barraca, fundada por el poeta granadino, donde un tal José Atienza cuenta que la compañía fue abucheada en Soria y que tal vez se debiera a que contrataba a estudiantes de interpretación y no a actores profesionales. Que hay mucha necesidad de trabajo en la profesión. “A pesar de todo, es una crítica constructiva”, dice el investigador amateur.

Un lobo solitario de la exploración digital

Aunque García Castro es un lobo solitario, en los archivos de la BNE se zambullen muchas personas (aproximadamente 1.700.000 en lo que va de año) y grupos de investigación. Por ejemplo, el grupo Prolope, que descubrió, gracias a la Inteligencia Artificial, una obra desconocida de Lope de Vega (que se ha estrenado recientemente en los madrileños Teatros del Canal). El departamento de Manuscritos, Incunables y Raros de la BNE ha elaborado un mapa con una relación de sucesos (homicidios, terremotos, eventos astronómicos, casos de bujería, etc) entre los siglos XVI y XVIII. “El reconocimiento óptico de los caracteres ha hecho que ganemos una potencialidad en la búsqueda impresionante”, dice Pastrana.

En lo que va de año, algunas de las obras más consultadas han sido la Gramática de Nebrija, la primera edición de El Quijote, el Códice de Fernando I y Dña. Sancha, del Beato de Liébana, el manuscrito del Poema del Cid o el de la Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme.

Vista de la exposición ‘Malos libros: la censura en la España moderna', en la Biblioteca Nacional.
Vista de la exposición ‘Malos libros: la censura en la España moderna’, en la Biblioteca Nacional. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)

García Castro nació en Tours, Francia, tiene 52 años, pero se crio desde los cinco meses en la ciudad malagueña de Estepona, a la vera del mediterráneo. Su padre era tallista de madera, pero como la labor artesanal no daba de comer, se dedicó a trabajar, entre otras cosas, en la fábrica de Michelin, en Francia. Al nacer Francisco regresó a Estepona, para dedicarse al sector del autobús.

“Éramos una familia trabajadora, con cinco hermanos, cada uno separado un año, y nuestros padres nos inculcaron a todos la inquietud cultural”, cuenta. En casa se leía, no solo la Enciclopedia Sopena, también Stevenson o Delibes, al gusto de cada uno. “Nunca vi a mi madre leyendo un libro, pero siempre había uno sobre la mesa”, dice. Es buen lector de poesía (cita al mexicano José Emilio Pacheco o a la portuguesa Sophia de Mello) y hasta poeta: en 2014 publicó el poemario Balada del viejo Bunk y otros poemas (Colección Monosabio, Ayuntamiento de Málaga), y en 2018 el cuaderno El engorroso plumaje del colibrí espátula (Imperdonable).

“Hay muchas pasiones: esta es la mía”. García Castro dedica a la búsqueda en los archivos una hora o dos algunos días laborables. Los fines de semana, cuando se acuesta su hija de ocho años, tiene más tiempo. “Hay ya me quedo hasta las dos o las tres de la mañana, leyendo, investigando, apuntando”, dice. Ahora tiene que seguir con el curro: “Estamos preparando dos puertas correderas con persianas para colocar en una villa”.

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