Vie. Feb 23rd, 2024

El ser humano tiene a su servicio al ejército defensivo más leal y eficiente: el sistema inmune, una intrincada red de células, tejidos y órganos que protegen sin descanso al organismo de las amenazas externas. Y si bien son buenos en lo suyo, detectando y aniquilando sin piedad elementos nocivos, no son indefectibles. A veces, fallan. Por ejemplo, identificando como enemigo algo que no lo es, como un cacahuete o el polen de una flor. Cuando eso ocurre, surgen las alergias, que no son más que una reacción anómala del sistema inmune a una sustancia no perjudicial. La comunidad científica ha estudiado a fondo esta falla defensiva, pero hay agujeros de conocimiento no resueltos, como por qué persisten algunas alergias en el tiempo. Dos estudios publicados este miércoles en Science Translational Medicine profundizan en esta incógnita y sugieren que un tipo de células inmunes son las responsables de esta memoria porque funcionan como reservorios de los anticuerpos que provocan la respuesta exagerada del organismo ante algunos alérgenos.

Las alergias son, en palabras de Joan Bartra, jefe del servicio de Alergología del Hospital Clínic de Barcelona, “un defecto del sistema inmune. Dentro de una respuesta alérgica hay distintos mecanismos. Pero la más frecuente de todas es la alergia de hipersensibilidad que está mediada por anticuerpos IgE: unas células, los linfocitos B, fabrican inmunoglobulinas E (IgE) contra algo externo, o sea, el alérgeno. De esta forma, cuando el alérgeno está en contacto con el organismo, tenemos preparadas estas defensas, las IgE, que activan a las células responsables de la reacción alérgica”, explica el alergólogo. En la práctica, esta activación del sistema inmune se traduce en síntomas heterogéneos y de diversa gravedad, que pueden ir desde una leve urticaria hasta una anafilaxia, que es una reacción alérgica sistémica potencialmente mortal. El 10% de la población mundial sufre alguna alergia a elementos ambientales o alimentos, destacan los autores de uno de los estudios.

La gran incógnita que, durante años, ha planeado sobre los alergólogos es por qué algunas alergias se resuelven espontáneamente y otras persisten. “Lo que sabemos es que las IgE están producidas a partir de un diálogo inmunológico entre distintas células: los linfocitos B dan la respuesta para fabricar IgE y les dicen a los plasmocitos [un tipo de linfocitos B] que los fabriquen en grandes cantidades, pero estas células no son eternas, tienen memoria limitada. Entonces, si la gran cantidad de IgE se fabrica por células plasmáticas, pero se sabe que estas tienen una vida limitada, ¿por qué en la gran mayoría de las alergias mediadas por IgE, aunque no esté el alérgeno presente, se perpetúan en el tiempo?”, expone Bartra.

Dos grupos de investigación proponen, en sendos artículos publicados simultáneamente en Science Translational Medicine, una explicación común: ambos describen una población de células del sistema inmune, en concreto, un grupo de células B de memoria, como potenciales responsables de esa memoria alérgica. “Sabemos que la IgE específica de alérgenos tiene una vida media corta en humanos, alrededor de 48 horas. Además, anteriormente se pensaba que los niveles persistentemente elevados de IgE se debían a que las células que producen esta inmunoglobulina, las células plasmáticas, eran de larga vida. Este no es el caso, ya que ahora sabemos que estas células plasmáticas productoras de IgE en realidad tienen una vida corta. Esto da a entender que el reservorio de IgE, en otras palabras, la capacidad de regenerar IgE tras una nueva exposición a alérgenos, reside en otras células, que ahora sabemos que son células B de memoria”, explica por correo electrónico el coautor de uno de los estudios, Manel Jordana, un alergólogo catalán que lleva más de 40 años afincado en Canadá y es investigador en la Universidad de MacMaster.

Un grupo de investigadores estadounidenses ha descubierto, al estudiar una población pediátrica con alergia al cacahuete, que la presencia de este tipo de células inmunes se correlacionó con las concentraciones de IgE y plantean que estas células B de memoria “estén involucradas en la persistencia de la alergia alimentaria”. En la misma línea, los investigadores canadienses, entre los que está Jordana, concluyen, tras analizar muestras de pacientes con distintas alergias y participantes sanos, que esta población de células inmunes “es un reservorio de IgE de memoria”. “En este artículo informamos el descubrimiento de un cierto tipo de células B de memoria específicas de alérgeno (MBC2), que está destinado a convertirse en una célula plasmática productora de IgE tras una nueva exposición al alérgeno. La existencia de estas células puede explicar la naturaleza de por vida de algunas de las alergias alimentarias. Esto es interesante porque indica que estas células pueden ser un marcador para el desarrollo de alergia clínica; en otras palabras, puede indicar la predisposición a desarrollar alergia clínica”, concreta Jordana.

Objetivo terapéutico

El científico matiza que los dos artículos “no son idénticos, sino complementarios”, lo que proporciona, dice, “mayor solidez al descubrimiento porque demuestra que dos grupos independientes hicieron la misma observación central”. Jordana asegura que sus hallazgos convierten estas células “en un nuevo objetivo terapéutico”. “Es decir, matar estas células o desactivar su capacidad para convertirse en células plasmáticas productoras de IgE puede tener un impacto muy significativo para los pacientes con alergias alimentarias”.

Los hallazgos plantean un camino hacia nuevas dianas terapéuticas, incluso con fármacos que ya se emplean actualmente (por ejemplo, el dupilumab, empleado para dermatitis atópica) y que, potencialmente, podrían reducir las poblaciones de estas células. “El descubrimiento de los MBC2 allana un camino claro para futuras investigaciones, ya que quedan muchas preguntas por responder. Por ejemplo, estamos trabajando intensamente en la identificación de las señales celulares y moleculares implicadas en la activación de los MBC2 y su transición a células productoras de IgE tras la reexposición al alérgeno. Del mismo modo, estamos trabajando muy activamente para dilucidar si los MBC2 pueden reprogramarse, es decir, si pueden convertirse en una célula que, en lugar de IgE, produzca anticuerpos inofensivos”, cuestiona Jordana.

Para Vicky Cardona, alergóloga del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, estas investigaciones “no son cruciales, pero sí importantes: Es una pieza importante del puzle porque sigue siendo sorprendente mantener la respuesta inmunológica en el tiempo”, conviene la médica, que no ha participado en los estudios. Por su parte, Ignacio Dávila, presidente de la Sociedad Española de Alergología y ajeno también a estas investigaciones, señala que los estudios son de buena calidad y apunta su potencial: “Encontrar estas células puede ayudar a manejar la memoria de IgE y, potencialmente, en un futuro, a modificarla”. También Bartra celebra los hallazgos y destaca su impacto clínico: “Tiene connotaciones clínicas para explicar por qué la inmunoterapia [para la alergia] es efectiva a corto plazo y por qué una persona podría volver a tener alergia después de meses de tolerancia al alérgeno. Ahora tenemos algo, un objetivo, para poder modular la respuesta cuando vaya avanzando la ciencia. Estos estudios te hacen cuestionar dogmas y plantear estrategias de lo que hacemos ahora y por qué no siempre encontramos respuestas para el paciente”.

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