Jue. Abr 25th, 2024

Álvaro Sevilla-Buitrago (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 45 años) ha desactualizado los manuales con los que estudió. En Contra lo común. Historia radical del urbanismo (Alianza), este profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid enmienda la plana a los tratados de planificación espacial. Defiende que esta disciplina no surgió a finales del XIX en las metrópolis, sino un siglo antes en el medio rural. Concretamente en Inglaterra, donde el régimen comunal tocaba a su fin con los cercamientos de tierra que Karl Marx situó después en el origen del capitalismo. Publicado el año pasado en lengua inglesa por la Universidad de Minnesota, el ensayo llega ahora en castellano a las librerías. Explora la cara oscura de la práctica urbanística: su papel en la destrucción de una vida cooperativa. Y lo hace con el ejemplo de cuatro episodios históricos atravesados por el cambio social.

Pregunta. Usted niega que el urbanismo surgiera para limitar los desmanes del mercado, como suele enseñarse en las facultades.

Respuesta. Las leyes de cercamiento del siglo XVIII en Inglaterra nacen con el objetivo de privatizar la tierra comunal y acabar con la regulación de la vida local y los patrones de cultivo por la comunidad. Aquellas leyes tenían mucho que ver con las herramientas de planificación espacial que conocemos hoy: se exponían al público, estaban apoyadas en cartografías y dieron lugar a un cuerpo profesional de agrimensores.

P. Dando un salto temporal, describe un efecto de similar desposesión en las zonas residenciales construidas para obreros a las afueras de Berlín en los años veinte.

R. Los barrios populares habían crecido mucho en el último tercio del siglo XIX. Allí se mezclaban pequeños talleres manufactureros con viviendas, comercios y espacios de ocio. Ligadas a esta vida rica y compleja comienzan a surgir formas de antagonismo que desencadenan la revolución espartaquista y otros estallidos. Frente a esto, los complejos residenciales promovidos por sindicatos o el Ayuntamiento funcionan con un mínimo umbral de sociabilidad. Están a las afueras, privados de toda esa red de servicios y actividades.

P. Un ejemplo de esos proyectos es el barrio de Hufeisensiedlung, proyectado por Bruno Taut, un símbolo socialista declarado Patrimonio de la Humanidad. Tan mal no debe estar.

R. Fueron momentos heroicos para la arquitectura. Las vanguardias modernas nunca habían tenido acceso a contratos tan relevantes como entonces. Por tanto, a nivel de diseño y patrimonio son edificios muy singulares, pero la cosa cambia si miramos la sociología del entorno: contribuyeron a desempoderar a las comunidades.

P. Igual que Central Park, asegura en su libro.

R. La titularidad pública de un espacio no asegura que esté al servicio de la comunidad. Central Park se promovió en Nueva York como un parque democrático, pero en realidad nació como una de las primeras iniciativas para eliminar la vida comunitaria del área periurbana de Manhattan. Su apertura se acompañó de unas ordenanzas que prohibieron cosas razonables, como llevar armas, pero también otras prácticas habituales en los barrios populares. Es el caso de la venta ambulante, los juegos de azar, el consumo de alcohol o los discursos políticos. En aquella época, se podía escuchar a Emma Goldman subida sobre una caja a modo de estrado.

P. Los urbanistas viven entonces una disonancia cognitiva. Generan efectos distintos a los deseados.

R. La práctica convencional se aleja desgraciadamente de la imagen luminosa que encontramos en los textos canónicos.

P. Desmoralizará a sus alumnos.

R. Yo creo que no. Muchos son conscientes de que existe un abismo entre teoría y práctica. Basta con pasear por la inmensa mayoría de los desarrollos de las últimas dos o tres décadas. Están concebidos para la mínima sociabilidad.

P. ¿Existe un urbanismo que contribuya a crear comunidad?

R. En EE UU y otros lugares se llama planificación radical. El urbanista pone al servicio de la comunidad sus destrezas y competencias técnicas, actúa como facilitador. Los alumnos están cada vez más interesados en este modelo. Luego hacen lo que pueden cuando salen ahí fuera y se encuentran con unas administraciones públicas que a menudo están al servicio del mercado.

P. ¿No es más urgente diseñar ciudades que atajen el cambio climático?

R. Los estados son una pieza fundamental en la justicia social y ambiental, pero cada vez hay más gente argumentando que la escala social también es importante. Cuando las comunidades adquieren control colectivo de recursos de los que depende su subsistencia, demuestran ser mucho más eficaces en la preservación del territorio o los ecosistemas que otros actores como las agencias estatales o el mercado.

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